Cuando empezamos con Colores de India en 2015, ya teníamos claro cómo queríamos viajar. Queríamos hacerlo en grupos pequeños, disfrutar del camino y acercarnos a la vida de los pueblos y las ciudades que visitábamos. Esa manera de viajar, a la que entonces todavía no le poníamos un nombre, fue el punto de partida de Colores de India. Hoy tiene un nombre muy conocido: slow travel.
Qué entendemos por slow travel
La expresión ganó difusión a partir de la pandemia. Para nosotros, el slow travel es, ante todo, viajar con conciencia y con intención.
Todavía vemos muchos itinerarios de turismo masivo que encadenan visitas a los mismos sitios emblemáticos. El recorrido termina pareciéndose a una carrera por tachar lugares de una lista y sacar la misma foto que todos. Con la atención puesta en llegar a la próxima parada, queda poco tiempo para detenerse y conocer algo de la vida del lugar.
En Colores de India, el punto de partida es otro. ¿Qué nos gustaría conocer y comprender de cada lugar? Si tenemos una mañana en una ciudad, podemos recorrer un templo con calma y después caminar por el barrio o sentarnos a comer en un mercado. Incluso en una visita breve, podemos elegir qué nos interesa y darle tiempo.
«Viajar es tomarse el tiempo para estar, disfrutar y comprender lo que vamos descubriendo, con todos los sentidos».
Lo que cambia según dónde nos alojamos
Una viajera que había estado en India me contó con orgullo que se habían alojado en hoteles cinco estrellas. En Varanasi, el suyo quedaba en una zona elegante y apartada, el trayecto desde allí a las escalinatas del Ganges podía llevar hasta una hora en auto para ir y otra para volver.
Le pregunté qué hacían cuando terminaban las visitas. Me dijo que volvían al hotel y se quedaban allí. En la agencia les habían dicho que salir por su cuenta era peligroso. Entre la distancia y esa advertencia, se quedaron sin la oportunidad de conocer Varanasi más allá de las visitas guiadas.
Ella se acordaba de las cinco estrellas. Yo me quedé pensando en todo lo que le había quedado por conocer. Para nosotros, la experiencia en el destino pesa más que la categoría del hotel. Por eso, cuando elegimos dónde alojarnos, pensamos también en lo que cada persona podrá hacer fuera del programa. En Varanasi, estar cerca del río significa que, si una mañana nos dan ganas de ver cómo empieza el día en los ghats, podemos salir a pie y quedarnos allí el rato que queramos. Esa libertad de recorrer por nuestra cuenta y a nuestro ritmo también es parte del slow travel.
Amanecer sobre el Ganges, en Varanasi. Colores de India
Viajar en grupo y a otro ritmo
En los últimos años, las salidas grupales acompañadas ganaron visibilidad. Parte de su atractivo está en poder sumarse cuando no tenés con quién viajar, compartir el recorrido con otras personas y contar con alguien que se ocupa de la organización.
En los viajes organizados con grupos de 30 o 40 personas, la logística termina marcando el ritmo. Por eso, desde el comienzo, elegimos viajar en grupos pequeños. Así es más fácil almorzar en un comedor familiar, hacer una parada en un pueblo o quedarnos un rato más si algo nos llama la atención.
Cómo se traduce en nuestros viajes
Al elegir los lugares de un recorrido, pensamos en qué nos interesa conocer de cada uno y en cómo se enlazan entre sí. Las distancias y los días disponibles nos ayudan a decidir qué incluir. Queremos poder disfrutar con calma de los lugares elegidos y que también haya tiempo para descansar o salir a pasear por cuenta propia.
Al preparar nuestros viajes, buscamos también lugares que quedan fuera de los circuitos más concurridos. Hay paisajes de una belleza que merecen el desvío y que podemos disfrutar con otra calma, escuchando lo que pasa alrededor. Cuando un sitio concentra demasiadas visitas, esa posibilidad se va perdiendo. Por eso damos lugar en el itinerario tanto a esos paisajes como a pueblos donde podemos mirar de cerca y entender un poco mejor cómo se vive allí.
La intención con la que viajamos también se refleja en con quiénes elegimos trabajar. Contamos con equipos locales y, cuando el recorrido lo permite, nos alojamos en establecimientos gestionados por gente del lugar. Así, parte de lo que gastamos en el viaje va directamente a quienes prestan esos servicios. También compartimos información sobre la historia y las costumbres de los sitios que visitamos. Ese contexto nos ayuda a entender mejor lo que vemos y a movernos con respeto.
«Creemos que viajar favorece el entendimiento entre culturas, nos permite nutrirnos de otras experiencias y valorar la diversidad».
También nos gusta dejar margen para lo que surja en el camino. Si alguien nos recomienda una parada que no teníamos prevista, a veces podemos hacerle caso. Un pequeño desvío puede darnos la oportunidad de conocer un lugar que apenas habríamos visto por la ventanilla.
A veces basta con volver a caminar por la misma calle a otra hora para descubrir algo que se nos pasó al llegar. Reconocemos alguna cara, vemos cómo cambia el movimiento del barrio y empezamos a entender un poco mejor su ritmo. Esa sensación de que un lugar empieza a resultarnos familiar, aunque estemos lejos de casa, es una de las cosas que más disfrutamos de viajar sin apuro.